jueves, 29 de mayo de 2014

El Perro Paco. Un perro muy taurino.



      Hoy no hay batalla, hecho luctuoso, personaje ilustre donde los haya, descubrimiento y ni siquiera acto heróico. Hoy vamos a contar la historia de un animal. El Perro Paco. Un animal aficionado al café, el teatro y los toros y solo esta afición fue la que al pobre bicho le llevó a la tumba. Vamos por ello:

     Corría el año 1841 cuando por las inmediaciones de la Villa de Madrid circulaba un curioso perro. Este perro era un perro callejero sin patria, dios ni rey pero al fin y a la postre sería el bicho más castizo de Madrid llegando a ser el más famoso animal de la ciudad. El insólito animal era muy amigo de cafés, de tertulias y tugurios de mala muerte. El apátrida entraba como Pedro por su casa y máxime en los días de verano en tales establecimientos, llamando la atención de camareros, gerentes, curiosos y clientes. Así las cosas, no molestaba a nadie pero pronto se hizo tan familiar como la tortilla de boquerón, el calamar encebollado o el carajillo de anís. Paco, poco a poco fue ganándose la simpatía del entorno de la zona de Alcalá y de la madrileña calle de Fuencarral.

     Pero fue un mes de Octubre de ese mismo año cuando nuestro protagonista y ganándose la simpatía del Marqués de Bogaraya el cual celebraba la festividad de San Francisco de Asís se le ocurrió en el Café Fornos arrojarle un chuletón al animal el cual y dicho sea de paso no dejó ni el hueso. Ante las gracias, chanzas, saltos y cabriolas en señal de agradecimiento al Marqués no se le ocurrió sino bautizarlo con el nombre de Paco muy en honor hacia la festividad de ese día.

         Paco, se convirtió en un asiduo del Café Formos, acudía religiosamente todos los días, visitaba a los clientes, entraba, salía, saludaba y algunos cronistas aseguran que hasta le pusieron un catre para dormir allí cuando amenazaban los rigores del Invierno. Así las cosas y cuando estaba aburrido se pasaba a la calle de enfrente y frecuentaba el Café Suizo con los mismos resultados ante la concurrencia.

         Paco se hizo tan famoso entre los habituales que incluso se le cantaban coplas y los periódicos hablaban de él. Empezó a frecuentar también teatros, y cafés cantante y dada su buena prensa y prestigio social, los dueños de los locales no se atrevían a negarle la entrada. Se había convertido pues en un personaje más del costumbrismo madrileño del XIX.

        Pero a Paco lo que más le interesaban eran las corridas de toros. Entraba tranquilamente sin pagar y en cuanto veía follón en los vomitorios de la plaza Paco entraba siempre con el debido permiso del portero de turno, ocupaba su localidad, las más de las veces reservada para él y se sentaba en compañía de unos aficionados más. El público lo quería mucho y siempre le llevaban merienda. Cuando el toro era dado por muerto en la plaza, Paco saltaba a la arena e improvisaba toda una cohorte de saltos, pasos cortos, largos, revolcones delante del toro muerto, con la connivencia de los monosabios y mozos de cuadras. Acompañaba al toro yacente hasta su destino y entre toro y toro recorría la arena distrayendo al público. Eso sí, cuando sonaban los clarines, muy solícito se retiraba a su localidad entre los aplausos, vivas y vítores del respetable.

        Pero al pobre Paco y como bien he dicho antes su afición taurina le costó la vida. Una mala tarde, un mal torero y una muy mala sombra por parte de éste dio al traste con la vida del pobre animal. Mal rayo no partió a ese torero.

        Un 21 de Junio de 1842 en una pésima y calurosa tarde de un novillero desconocido y ante la mala faena del torero, Paco se lanzó a la arena a recriminarle al del vestido de luces su mala faena. Fue pues cuando este desalmado agarró su estoque y se lo clavó con saña a Paco como rematando la mala suerte sobre el animal en vez de con el toro. La reacción del público no se hizo esperar y empezaron a recriminarle la acción. Le tiraron de todo, hubo gente que incluso bajó a la arena a linchar al desgraciado torero y si no llega a ser por la bendita intervención de un empresario teatral conocido de sobra en Madrid y llamado Felipe Ducazcal lo matan ahí mismo. Felipe fue quien recogió malherido al pobre animal y lo llevó a la enfermería con la esperanza de que se pudiese hacer algo por él. Pero todo fue inutil. Lo atendieron, curaron su herida pero al cabo de unos días falleció sin remedio. Y es que entonces la medicina veterinaria no estaba tan avanzada como ahora. Pobre Paco!.





         El malogrado Paco tuvo un triste final y fue disecado y expuesto en un bar. También se subastó posteriormente sin pujador que valiese. Posteriormente se le daría cristiana sepultura en el Retiro. A Paco se le propuso para una estatua. Mas un proyecto que inicialmente sería visto con buenos ojos nunca tuvo la iniciativa económica para impulsarlo. Los que sí fueron avispados aquellos que lanzaron sus productos con el nombre del animal convirtiendo su recuerdo en marca comercial. Pero hubo un día que un perro en Madrid dio lugar a un fenómeno de psicología colectiva sin precedentes. A estas alturas Paco estará en los cielos con sus compañeros de fatiga, Lassie, Cerbero, Rex, Blondie, Colmillo Blanco, Rin Tin Tin.... que si bien muchos de ellos fueron imaginarios Paco fue tan real y entrañable como la vida misma, tan real como la ciudad que lo vió nacer, Madrid. Al menos hizo feliz a la gente cosa de la cual muchos humanos carecen por completo de tal facultad.

         Hoy en día el siniestro torero, hubiese sido expedientado por la Sociedad Protectora de Animales, reprendido, amonestado y multado con una de las gordas por maltrato animal, y más delante del público haciendo el completo ridículo. Y no por matar toros, sino por matar perros. Pero en el XIX ni la sociedad ni las administraciones tenían tales recursos.


         Sirva pues este post como homenaje a todos aquellos perros que como Paco han sabido como nadie conquistar el corazón de sus dueños y de la gente en general. Cierto es que a alguno se le va la pinza y termina siendo agresivo pero......... las más de las veces no van los tiros por ahí. Un perro bien educado es mucho más afectuoso que las personas.